Germán Marín y Fernando Cabrales, ESCRIBEN SOBRE PA
PORQUE TE MORISTE NEGRO MAZUELA
Hace aproximadamente dos años, en un número de esta publicación, escribí acerca de una visita hecha al Internado Nacional Barros Arana, donde en una calidad un poco de réprobo, luego de ser expulsado de la Escuela Militar, terminé mi estudios secundarios. Cumplí esa vuelta al pasado y que deseaba hacer, junto a D'Halmar Mazuela, con quien recorrí esa tarde de mediados de diciembre distintos lugares del antiguo colegio terminado en el patio La Siberia en el cual, alguna vez, fuéramos compañeros de pilatunadas. Hoy tengo asociado el recuerdo del querido Mazuela a esas jornadas de invierno donde, amparados en la bonomia de los inspectores, jugábamos al crap en la sala de clase fumábamos cigarrillos Richmond y nos prestábamos revistas picantes tales como El Pingüino.
Años después recibido de economista bajo la aparente edad de la razón, trabajó en Cepal, pero aburrido de esa cómoda existencia pagada en dólares, renunció al cargo, colaborando en el área de su profesión en el gobierno de la Unidad Popular. Exiliado en Venezuela, tras sorprenderlo el golpe en Washington, donde renegociaba unos créditos oficiales, llevó una vida trashumante, de la cual siempre me hablaba. Por ejemplo, de haber sido chofer de un taxi colectivo de su propiedad en unos poblados del interior cerca de Orinoco, como de su tórrido amor con una maestra primaria que, según me explicaba, tenía el sexo más dulce de la Tierra. Hoy me da pena y rabia la muerte del Negro Mazuela, pero, al mirar atrás, pienso que, al margen de haber sido un avieso jugador de crap en el patio La Siberia, fue siempre un tipazo y lo echaré de menos.
GERMÁN MARIN
DUELO EN LA ECONOMÍA
Esta semana aterricé por unos días en Arica luego de un largo peregrinaje. Entre los preparativos para elecciones, las polémicas por los mismos problemas de siempre y la egolatría de los habitantes de esta ciudad, que parecen postular un cierto aricacéntrico orden universal, no puedo dejar de recordar una mala coincidencia la semana recién pasada.
Casi en los mismos días que se cumplía otro aniversario de la muerte de mi amigo Jaime Contreras, he sabido de la muerte de otro economista y amigo; D'Halmar Mazuela. Nos conocíamos los tres. Incluso mis amigos trabajaron juntos en el primer Indice de Actividad Económica Regional (INACER) cuyo desarrollo final se le debe a D'Halmar mientras se desempeñaba en el INE. Este indicador fue pionero en Chile,
fantásticamente bien hecho como casi todo lo que hacía D´Halmar. Desagregaba la actividad económica en las 3 provincias de la región y debió ser un valioso
instrumento para el diseño y evaluación de políticas. Incomprensiblemente discontinuado, en estos meses leí en La Estrella que habían instituciones dispuestas a reiniciar ese trabajo.
Hizo varios estudios sobre temas regionales que conservo, creo que son lo mejor que se ha hecho sobre la economía de Tarapacá.
No es casualidad que D'Halmar y Jaime se encontraran haciendo indicadores pues ambos eran personas que odiaban la ambigüedad y los chamullos. Ambos se
encontraron tratando de entender la realidad de la región y de aportar con sus ideas al bienestar de su país.
D'Halmar era de algunas generaciones anteriores, de esos tipos que tenían ilusiones y que estuvieron dispuestos a dar la vida por lo que creían. De hecho renunció a muchas comodidades y honores para trabajar por su país, salió al exilio y volvió pensando en un Chile que debía ser como su casa.
Yo lo conocí de asombro en asombro, cada vez entendía menos nuestro país. O tal vez no quería entenderlo porque le dolía mucho. Un país de gente de ojos extraños, donde hasta los niños parecen insanos y agresivos. Me habló muchas veces del modo de vida de países más solidarios y leales con sus ciudadanos, pobres pero alegres, con menos cosas pero más felices.
Confieso que a veces no lo entendía pues a fuerza de costumbre uno termina por considerar normal lo que está muy cerca de lo patológico. Tuve que vivir fuera del país para entender muchas cosas que decía. El insistía, sin embargo, en permanecer e intentar hacer cosas en Chile, creo que nunca perdió la fe en nuestro país y, como es obvio, a su muerte no tuvo premios ni dejó fortuna, sólo afectos.
Fernando Cabrales G., economista
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